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El CIC (código de derecho canónico)  defiende la parroquia una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral bajo la autoridad del Obispo diocesano se encomienda a un Párroco, como su pastor  propio.

La Parroquia es a su vez la principal comunidad  viviente  de la Arquidiócesis, a la cual sirven los Arciprestazgos, y que debe dar testimonio de ser comunidad de fe, de esperanza, de caridad, de verdad, de culto.

En el contexto del Plan Global Arquidiocesano de Nueva Evangelización, está llamada a ser un centro de coordinación y animación de comunidades, de grupos, de movimientos; el lugar de encuentro, de fraterna comunión de personas y de bienes; para todos los hombres; la comunidad cristiana que “acompaña a las personas y familias a lo largo de su existencia, en la educación y crecimiento de la fe” (P. 644); “el lugar privilegiado de la catequesis y una casa de familia, donde los bautizados y confirmados toman conciencia de ser pueblo de Dios”. Allí, el Pan de la buena doctrina y el Pan de la Eucaristía son repartidos en abundancia en el marco de un solo acto de culto” (CT: 67; S.C 35 y 52); es en fin la realidad tangible en donde se concreta la Comunión y Participación.

Por tanto una Parroquia “así”deberá tener una estructura y toda una red organizativa que tienda a penetrar capilarmente todos los ambientes ó grupos de la población con tareas diversas y formas asociadas pero siempre con el objetivo misionero y comunitarios de la Iglesia (DMPO 179).

En la parroquia el Párroco, que representa al Obispo diocesano, es el vínculo jerárquico con toda la iglesia particular. “La comunión eclesial, aun conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; es. en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas” (ChL 26).